
Editorial: Trabajo de Dios
"No os digo: abandonad la ciudad y apartaos de los negocios ciudadanos. No. Permaneced donde estáis, pero practicad la virtud". Lo decía un santo del siglo IV y lo repetía San Josemaría, al proclamar que en la vida ordinaria, hecha de trabajo, nos espera Dios.
16/01 2010
San Josemaría solía hablar de la vieja novedad del mensaje que recibió de Dios: viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo[1]. Viejo, pues el espíritu del Opus Dei es el que han vivido los primeros cristianos, que se sabían llamados a la santidad y al apostolado sin salirse del mundo, en sus ocupaciones y tareas diarias. Por eso, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo[2].
«El Señor quiere entrar en comunión de amor con cada uno de sus hijos, en la trama de las ocupaciones de cada día, en el contexto ordinario en el que se desarrolla la existencia» (Juan Pablo II).
Las circunstancias de la vida ordinaria no son obstáculo, sino materia y camino de santificación. Con las debilidades y defectos propios de cada uno somos, como aquellos primeros discípulos, ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe[4]. El espíritu del Opus Dei se dirige a cristianos que no necesitan salirse de su propio lugar para encontrar y amar a Dios, precisamente porque —como ha recordado Juan Pablo II glosando la enseñanza de San Josemaría— «el Señor quiere entrar en comunión de amor con cada uno de sus hijos, en la trama de las ocupaciones de cada día, en el contexto ordinario en el que se desarrolla la existencia»[5].Por eso, exclamaba nuestro Padre: Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle[6].
Las enseñanzas que San Josemaría ha transmitido con su palabra y sus escritos, junto con su ejemplo, constituyen un espíritu con unos rasgos característicos, como el sentido de la filiación divina, la contemplación en la vida ordinaria, la fusión de alma sacerdotal y mentalidad laical, el amor a la libertad y la alegría de los hijos de Dios... Estos y todos los demás aspectos de las enseñanzas del Fundador del Opus Dei no son elementos simplemente yuxtapuestos, sino destellos de un único espíritu capaz de informar y penetrar todos los momentos y circunstancias de la vida.
Como gira con naturalidad una puerta alrededor de su eje, del mismo modo el espíritu de la Obra se apoya, como en su quicio, en el trabajo ordinario, en el trabajo profesional ejercido en medio del mundo[7]. El quicio de una puerta no es más importante que la puerta, sino un elemento que ocupa una posición singular. Así como no serviría para nada un gozne solo, sin puerta, del mismo modo apenas tendría sentido —por mucho que brillara— un trabajo profesional aislado del conjunto, convertido en fin de sí mismo: un trabajo que no fuera eje de la santificación de toda la vida ordinaria, familiar y social. Pero a la vez, ¿qué sería de la puerta sin el eje? Para nosotros, el trabajo profesional y los deberes familiares y sociales son elementos inseparables de la unidad de vida, imprescindible para santificarnos y santificar el mundo desde dentro, configurando la sociedad humana según el querer de Dios[8].
San Josemaría predicó incansablemente que cualquier trabajo honesto puede santificarse —hacerse santo—, convertirse en obra de Dios. Y que el trabajo así santificado nos identifica con Cristo —perfecto Dios y perfecto Hombre—, nos santifica y perfecciona, haciéndonos imagen suya. Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios[10]: no un castigo o maldición, sino una realidad querida y bendecida por el Creador antes del pecado original[11], una realidad que el Hijo de Dios encarnado asumió en Nazaret, donde llevó una vida de largos años de trabajo cotidiano en compañía de Santa María y San José, sin brillo humano pero con esplendor divino. En manos de Jesús el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino de salvación[12]. El mismo esfuerzo que exige el trabajo ha sido elevado por Cristo a instrumento de liberación del pecado, de redención y santificación[13]. No existe trabajo humano limpio que no pueda «transformarse en ámbito y materia de santificación, en terreno de ejercicio de las virtudes y en diálogo de amor»[14].
Un espléndido panorama se presenta ante nosotros: santificar el trabajo, santificarse en el trabajo, santificar con el trabajo[17]. Somos protagonistas del designio divino de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Designio que Dios quiso que nuestro Padre comprendiera con una visión clarividente que le llevaba a escribir, lleno de fe en la gracia y de confianza en nuestra correspondencia: Contemplo ya, a lo largo de los tiempos, hasta al último de mis hijos —porque somos hijos de Dios, repito— actuar profesionalmente, con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando —al buscar la perfección cristiana en su profesión y en su estado en el mundo— el bien de toda la humanidad[18].
Oh Dios, ¡qué preciosa es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres a la sombra de tus alas se cobijan (...). En ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz[19]. La Santísima Trinidad concedió a nuestro Padre su luz para que contemplara profundamente el misterio de Jesucristo, luz de los hombres[20]: le otorgó «una vivísima contemplación del misterio del Verbo Encarnado, gracias a la cual comprendió con hondura que el entramado de las realidades humanas se compenetra íntimamente, en el corazón del hombre renacido en Cristo, con la economía de la vida sobrenatural, convirtiéndose así en lugar y medio de santificación»[21]. El espíritu de la Obra ha iluminado ya la vida de multitud de hombres y mujeres de las más diversas condiciones y culturas, que han emprendido la aventura de ser santos en la naturalidad de la vida ordinaria. Una aventura de amor a Dios, abnegado y fuerte, que colma de felicidad el alma y siembra en el mundo la paz de Cristo[22].
Juan Pablo II invitó a seguir fielmente el ejemplo de San Josemaría. «Tras las huellas de vuestro Fundador, proseguid con celo y fidelidad vuestra misión. Mostrad con vuestro esfuerzo diario que el amor de Cristo puede animar todo el arco de la existencia»[23]. Contamos sobre todo con la intercesión de Nuestra Madre. A Ella le pedimos que nos prepare diariamente el camino y nos lo conserve siempre. Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!, iter serva tutum!
J. López
[1] Conversaciones, n. 24.
[2] Ibidem.
[3] San Juan Crisóstomo, In Matth. hom., XLIII, 5.
[4] Conversaciones, n. 24.
[5] Juan Pablo II, Alocución en la Audiencia a los participantes en el Congreso "La grandeza de la vida corriente", 12-I-2002, n. 2.
[6] De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, nn. 91-92. Citado en El Fundador del Opus Dei, p. 304.
[7] Es Cristo que pasa, n. 45.
[8] Cfr. Conc. Vaticano II, Cons. dogm. Lumen gentium, n. 33.
[9] Cfr. Jn 6, 56-57; XVII, 23; 1 Co 3, 23; Col 1, 26-29; Gal 2, 20; Rm 8, 10-11.
[10] Es Cristo que pasa, n. 47.
[11] Cfr. Gn 2I, 15.
[12] Conversaciones, n. 55.
[13] Cfr. 1 Cor 6, 11.
[14] Juan Pablo II, Alocución en la Audiencia a los participantes en el Congreso "La grandeza de la vida corriente", 12-I-2002, n. 2.
[15] Cfr. Gn 2, 7, 15.
[16] Cfr. Jn 7, 7.
[17] Es Cristo que pasa, n. 44.
[18] De nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 4.
[19] Sal 35, 8, 10.
[20] Jn 1, 4.
[21] Congregación para las Causas de los Santos, Decreto sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, 9-IV-1990, §3.
[22] Cfr. Ef 1, 10.
[23] Juan Pablo II, Alocución en la Audiencia a los participantes en el Congreso "La grandeza de la vida corriente", 12-I-2002, n. 4.
Fotografías del artículo bajo licencia Creative Commons de (por orden de aparición): catdancing, ciro_40tokyo, danncer, moriza, drp, jordi.martorell.
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